Pensé que sentirme un pasajero en tránsito se debía al simple hecho de estar viajando o de intercambio en otro país. Lo extraño es que estando en mi propio lugar, me siento sobre ruedas todo el tiempo.

Este síndrome me dió la cintura para adaptarme a todo pero con la cruel condición de no aferrarme a nada. Porque cuando estas dando vueltas, todo es transitorio, todo pasa, hoy está y mañana, quién sabe.. Cuando quería viajar nunca pensé en convertirme en un eterno pasajero, que esta yendo a ningún lugar. Que conoce mucho pero que no se queda con nada, porque cree que lo que viene puede ser un poquito mejor. Que disfruta lo que tiene pero sospecha que siempre puede haber algo más. Una pasajera en tránsito perpétuo, diría Charly.

Navegando me desvié del camino de los mandatos sociales, en dirección a mis propios mandamientos. Y si tuviera acá el detestable “pulgarcito” de Feibuk, señalaría “A Belen De Perez le gusta esto”. Pero uno espera que los tediosos momentos de transición sean eso, momentos. Y no un estado físico y mental constante, condenado a la inestabilidad e inevitablemente, a la soledad.

Tranquilos, esto no es tan terrible como parece… Pensé  en la opción de echar a patadas a mis malditos inquilinos. Pero más que apuntar a la “seguridad” que te da tener un hogar, un tutú o un buen compañero, empezaría con la difícil tarea de permitirme aferrarme y hasta “encariñarme” con algo. Al final, tener algo que te gusta y no querer dejarlo ir, no puede ser tan malo. Claro, sin cometer el delito de hacerse dependiente.

En casa hay 2 vinos Iván, si prometés que no te enamoras!

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